El Aumento de la Tasa de Desocupación Abierta en la Argentina: Los Factores Subyacentes

Desde comienzos de la década del ochenta se observa una tendencia sostenida al aumento del desempleo abierto. En efecto, a partir de un nivel de 2,6% de la población económicamente activa en 1980, la tasa de desempleo abierto creció al 4,7% en 1984 y al 8,1% en 1989. En otros términos, en esa década la intensidad del fenómeno se había incrementado más tres veces.

Posteriormente, el desempleo abierto presenta en 1991 y 1992 una tendencia decreciente que se revierte en mayo de 1993, cuando se incrementa en tres puntos pasando del 6,9% a 9,9%. En 1994 llegó al 10,7% y continuó aumentando en la medición de mayo del presente año en que alcanzó el nivel de 18,4%.

Para comprender la naturaleza de los fenómenos involucrados, es necesario atender a los cambios ocurridos en el funcionamiento del mercado de trabajo, tanto en la oferta como en la demanda de mano de obra, y de la economía en su conjunto.

El fuerte aumento de la tasa de participación en la población económicamente activa

Durante la década del ochenta y hasta 1992 la tasa de actividad de la población fue inusualmente baja. Por ejemplo, en el Gran Buenos Aires descendió paulatinamente desde 40,6% en abril de 1974 hasta 37,5% en octubre de 1983, cuando lo normal hubiera sido que creciera sostenidamente. Esto indica que la desocupación efectiva anterior a 1992 fue sensiblemente mayor que lo que sugieren las tasas de desempleo abierto. El alza de la tasa de actividad en los últimos años transformó parte del desempleo oculto en la inactividad en desempleo abierto, como se comprueba si se realiza el recálculo de las tasas de desocupación correspondientes a las tasas de participación vigentes en la actualidad.

En el Cuadro 3.4 se aprecia cuáles hubieran sido las tasas de desocupación durante el período. Como se ve, la tasa media de desempleo de la década del '80 sería del 15,1%. En forma inversa, puede verificarse que si en mayo de 1995 hubiera regido la tasa de actividad verificada en mayo de 1990 (39,1%), la tasa de desocupación hubiera sido del 10,5% (en lugar de 18,4%), por lo cual puede afirmarse que el 79% del incremento de la tasa de desempleo abierto es resultado del aumento de la oferta de mano de obra. En el Gran Buenos Aires el mismo factor explica el 84% de la variación de la tasa. A su vez, entre octubre de 1994 y mayo de 1995, 72% del crecimiento de la tasa de desocupación en el Gran Buenos Aires fue consecuencia del incremento de 2,8 puntos porcentuales en la tasa de actividad, producido en tan solo un semestre. (Ver cuadro 3.5 , Tasa de Desempleo 1990 - 1995)

En términos absolutos, mientras que la población económicamente activa urbana crecía, en promedio, en 180.000 personas por año durante los '80; a partir de 1990 el promedio anual se más que duplicó. En el último año el incremento en la población urbana económicamente activa fue de 540.000 personas.

Este violento incremento del flujo de oferta en un período muy corto generó una presión inédita en el mercado de trabajo. Se trata de una característica diferencial notoria del aumento en las tasas de desocupación abierta en Argentina, respecto de otros casos, donde la tasa de participación durante el período de aumento de la tasa de desempleo se mantuvo constante o disminuyó (por ejemplo, Chile 1974-1983; España 1981-1985; ver Cuadro 3.6)

En términos generales, este aumento en las tasas de participación que se ha registrado en la Argentina constituye un elemento positivo del desarrollo económico-social de nuestro país. Como tal, marca una tendencia al aumento en la capacidad productiva de la economía argentina. Paralelamente, sirve para poner en evidencia el problema que padeció la Argentina en materia de creación de empleos en el pasado.

Entre 1988 y 1990, el sensible aumento observado en la tasa de desempleo fue una consecuencia del desorden hiperinflacionario. Si el desempleo no creció más aún, fue por la brusca caída de los salarios reales que contribuyó a reducir los costos laborales unitarios. Además de la reducción del nivel de empleo, este fue el mecanismo distributivo y principal forma de ajuste en el mercado de trabajo durante la hiperinflación. Bastaba con retrasar unas pocas semanas el aumento de los salarios nominales, para tener la expectativa de una reducción significativa del costo laboral unitario real. De hecho, este mismo mecanismo de ajuste operó en el largo período de alta inflación previo a los picos de 1989 y 1990. Esta flexibilidad de facto e involuntaria de los salarios reales en la mayor parte de la década, permitió que la tendencia observada de crecimiento del desempleo abierto no fuese todavía más acelerada.

Junto con la aceleración del crecimiento de la oferta, desde 1993 hay una caída en la tasa de empleo

Paralelamente a la evolución de la oferta de empleo, se produjeron fenómenos por el lado de la demanda. En primer lugar, es necesario tener en cuenta que a lo largo de los '80 la economía sufrió un proceso de fuerte caída de la inversión per cápita, en particular, de la inversión privada. Por supuesto, este proceso estuvo asociado a una precipitada caída de la productividad, a partir de niveles que ya eran bajos. Simultáneamente, el sector público incurría en enormes déficits, fiscales y cuasifiscales, la inflación se aceleraba notoriamente y la economía argentina operaba muy aislada de las tendencias internacionales. Estas situaciones dieron lugar a tres fenómenos de acción directa sobre la demanda de empleo.

En primer lugar, el sector público nacional, provincial y municipal generó una activa demanda de empleo redundante, que operó en la práctica como un cuasi apoyo a la desocupación. Como tal, esta política de empleo resulto ser altamente ineficiente, muy arbitraria y sumamente perniciosa para el desarrollo de nuestra sociedad. En segundo lugar, la alta y creciente inflación constituyó un mecanismo involuntario de ajuste descendente de los salarios, de gran magnitud. Finalmente, la obsolescencia tecnológica, producto de una protección distorsionante, y la ineficiencia generalizada, inducida por una pésima organización económica, estuvieron asociadas a empleos de muy baja productividad, mala remuneración y escasa o nula capacitación de los recursos humanos involucrados.

En otros términos, de no haber predominado en los '80 estos factores, la tasa de empleo de ese período hubiera sido mucho más baja. No sólo había desocupación encubierta en la baja participación, también había desocupación disfrazada en empleos públicos y privados de nula o muy baja productividad.

Esta situación era producto de profundas distorsiones económicas, que resultaron inviables. Durante su vigencia nuestra sociedad retrocedió en su desarrollo económico y social al punto de que, por primera vez en décadas, en lugar de atraer población, la expulsaba.

Este contexto permitió la supervivencia de la combinación de un marco regulatorio laboral extremadamente rígido y una alta imposición sobre la nómina salarial.

Las transformaciones de la organización económica permitieron revertir las profundas distorsiones económicas vigentes, eliminando las fuentes de creación de empleo espúreo e insostenible. En una primera etapa, la expansión económica generó simultáneamente un alza en la tasa de empleo.

Luego de haber alcanzado un máximo de 37,4% en 1993, la tasa de empleo inició un descenso significativo. Ello revela que, paralelo a la aceleración del crecimiento de la oferta, en los últimos años se produce una caída en la demanda de trabajadores.

Esta caída de la tasa de empleo revela a la vez un problema económico y social: desde la perspectiva económica implica una subutili-zación del capital humano; desde el punto de vista social supone una pérdida de bienestar y una situación de conflicto familiar y personal.

La disminución de la demanda de trabajadores tiene componentes estructurales que influyen de manera decisiva en el cambio de largo plazo en el funcionamiento del mercado laboral y componentes cíclicos que pueden tener un alto poder explicativo de la coyuntura reciente.

Entre los componentes estructurales que afectan la caída de la demanda de trabajo podrían citarse los siguientes:

a) El precio relativo del trabajo en comparación con el capital ha tenido un curso marcadamente creciente desde comienzos de la presente década. Una consecuencia directa del abaratamiento de los bienes de capital respecto de la mano de obra ha sido la sustitución de ésta por los primeros.

b) El fin de la alta inflación eliminó el mecanismo principal de ajuste del costo laboral previo a la reforma económica. En el período de alta inflación el rezago del alza de los salarios nominales era un mecanismo casi automático para ajustar el costo laboral en un contexto de rigidez institucional. La eliminación de este mecanismo como resultado de la estabilidad y la persistencia de las rigideces del mercado impide ese ajuste y deteriora el precio relativo del trabajo.

c) La reestructuración de las empresas orientada a la competitividad internacional implicó una disminución de la demanda del trabajo en un marco de aumentos muy intensos de la productividad. En el modelo de la economía cerrada, la demanda de trabajo doméstica estaba desvinculada de la productividad internacional. Esto permitía un nivel de empleo comparativamente elevado, aunque con una productividad marginal baja. La marcha hacia una economía competitiva, en un marco laboral muy rígido y con alto costo laboral, repercutió negativamente en la demanda de empleo.

d) El sistema de relaciones laborales vigente contribuyó a desalentar la demanda de trabajadores. Las características de la normativa y la práctica laboral explican en una medida considerable el lento crecimiento del empleo en el largo plazo; pero la persistencia de las rigideces de ese sistema después del inicio de la reforma económica ha afectado todavía más la demanda de trabajo. Una nueva legislación que compatibilice las metas de competitividad con los niveles de empleo deseados reducirá este efecto, aunque se requerirá de un cierto tiempo para que el mercado encuentre su equilibrio.

e) El sector público ha dejado de constituir una fuente incesante de empleos. Hasta 1990 una proporción importante del crecimiento de la ocupación era generada por el sector público. Esto involucraba una situación de empleo disfrazado que permitía eludir la desocupación abierta. Al detenerse y en algunos casos revertirse esta forma de creación de puestos de trabajo, se afectó la tasa de empleo.

Además de los factores estructurales enunciados, la caída de la demanda agregada a partir de la crisis iniciada en diciembre de 1994 ha contribuido a la reducción de la demanda de trabajo en 1995. Este factor cíclico tiene una significativa importancia en el corto plazo, por lo que resulta imperioso avanzar en la recuperación de la confianza, en el marco de la continuidad de las políticas de integración al mundo, estabilidad monetaria y equilibrio presupuestario. Más allá, la inversión, el crecimiento, las políticas de reducción del costo laboral y promoción de actividades mano de obra intensivas constituyen la manera genuina de generar empleos productivos y bien remunerados a una población deseosa de trabajar.


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